Los glaciares de Santiago se mueren

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Los efectos del cambio climático son cada vez más visibles en las masas de hielo de la cordillera capitalina. El Morado ya casi no existe; el Iver, de El Plomo, ahora se cruza caminando normalmente; y los glaciares del valle del Olivares muestran notorios retrocesos. Todo en pocos años. Montañistas y exploradores que acaban de estar en esos sitios comparten sus registros.

Diario el Estratega/ Lunes 25 de abril del 2022

Ya son 11 años de sequia que registra nuestro pais, y el diario el mercurio consigno en un amplio reportaje este domingo 24 de abril.

EL MORADO

El fin de un hito turístico

Por muchos años, décadas incluso, el glaciar colgante de El Morado fue uno de los más grandes y sorprendentes hitos turísticos de la cordillera de Santiago. Su fama la tenía muy bien ganada: ubicado en el Cajón del Maipo, se trataba probablemente del glaciar más accesible de la capital. Para llegar hasta él bastaba con hacer una caminata de unas tres horas a través del llamado valle de las Arenas, para encontrarse con una impresionante pared de hielo que caía sobre una laguna de aguas barrosas, y desde la cual se desprendían enormes trozos congelados que flotaban a la deriva, conformando un espectáculo digno de la mejor y más fría locación de la Patagonia.

Pero hoy ese escenario ya no existe. Desapareció. La pared de hielo que antes llegaba hasta el agua, ahora apenas se asoma por el cerro. Y la laguna luce solo como un pozón café rodeado de piedras resecas.

‘Para las personas que ya conocían el glaciar, verlo ahora es triste y decepcionante’, dice Jorge Soto, experimentado guía de montaña que ha pasado tres décadas llevando visitantes chilenos y extranjeros a este lugar, y que hace tres semanas volvió a estar allí. Lo que vio fue impactante.

‘Yo no me esperaba que estuviera así. El glaciar se fue mucho más rápido de lo que hubiese creído’, dice.

Los efectos del cambio climático, del calentamiento global y de la sequía son patentes en este lugar emblemático de la cordillera capitalina. Hoy, cuenta Soto, el hielo prácticamente se esfumó, el estero El Morado —que nace del glaciar y más abajo abastece al gran río Maipo— es casi un hilito de agua y todo luce yermo y reseco.

‘Yo iba dos veces al año a practicar técnicas de escalada en hielo en el glaciar de El Morado, pero dejé de ir hace unos seis. El muro que tenía como 15 o 20 metros de frente ya no existe. Ya no tiene las condiciones para trabajar en hielo’, lamenta el destacado montañista Ernesto Olivares, otro gran conocedor de esta zona, que ahora debe hacer estos mismos cursos más al sur, en la zona del cerro Juncal o en la laguna del Maule. ‘Atrás quedaron los días en que llegábamos con esquí y trineos desde Baños Morales por un antiguo camino minero. Hacer algo así hoy es inviable. Es parte de la prehistoria. El Morado ya fue. Algunos lo alcanzamos a conocer, pero para el resto solo quedarán las fotos’.

Otro cambio tiene que ver con el acceso: la caminata ahora es mucho más larga. Si antes se podía dejar el auto estacionado en un sector de paredes de roca conocido como Choriboulder, ahora hay que estacionarlo mucho más atrás, solo unos metros más abajo del sector El Cabrerío, donde hay una caseta de Alto Maipo, que hace años ejecuta obras en la zona.

‘El punto de acceso al glaciar de El Morado cambia todos los años. A veces es más adelante, a veces más atrás. A veces hay que pagar, otras no’, dice Jorge Soto. ‘Pero ahora la caminata se alargó mucho más: si antes eran tres horas de ida, ahora son cinco. Ya no es para turistas’.

Por eso, los recuerdos de gente como Jorge Soto y Ernesto Olivares parecen historias sacadas de una novela de Julio Verne. ‘Hace no más de 4 años la laguna se encontraba llena de hielo, y la pared se veía bien afuera’, dice Soto. ‘Yo me acuerdo de que los pedazos que quedaban flotando eran como una casa de dos pisos. Era impresionante. Lamentablemente, todo ese atractivo se perdió’.

GLACIAR IVER

El Plomo sin hielo

Si los recuerdos sobre el glaciar El Morado suenan novelescos, lo que relata Víctor Troncoso sobre la ruta de ascenso al cerro El Plomo, la cumbre más alta de Santiago, a él mismo lo hace sentir como un cuentacuentos.

‘Cuando les digo a mis amigos que para subir El Plomo había que pasar por un puente de hielo para salir sobre la pirca inca, y que para llegar al Refugio Federación se pasaba por un campo de penitentes de hasta dos metros, me siento como un abuelo contando historias. Y eso que solo tengo 45 años’, dice, y comienza a reír.

Víctor Troncoso también es un experimentado guía y montañista santiaguino. Fundador de la empresa Flecha Extrema, en 2018 organizó la Ruta de Kauripaxa, un evento deportivo-cultural que reunió a más de 150 personas en esta montaña considerada sagrada por los incas, y donde se encontró al famoso niño del cerro El Plomo, una momia cuya réplica se exhibe en el Museo Nacional de Historia Natural.

Dicho evento se realizó hace solo cuatro años, pero todavía entonces —recuerda Troncoso— había mucho hielo cerca de la cumbre. De hecho, el glaciar Iver debía cruzarse sí o sí con crampones. Pero ahora ese cruce técnico —que a veces hasta requería de cuerdas para afirmarse— ya no es necesario: la lengüeta del glaciar se dividió y la ruta actualmente avanza por un simple huella de tierra.

‘Acabo de subir El Plomo en febrero y da pena llegar arriba: ya no necesitas crampones. Aunque la ruta es la misma, es otra montaña. Ahora es como ir a caminar a un cerro normal: solo basta aclimatarse a la altura y tener condición física para subirlo. Se perdió esa aventura que alguna vez fue increíble para nosotros’.

Víctor Troncoso ha subido El Plomo una veintena de veces, la primera en 2001. Entonces, dice, El Plomo tenía grandes manchones de nieve en pleno verano; había puentes de hielo en el camino, y los penitentes formaban un auténtico laberinto, donde incluso costaba encontrar la salida.

Todo eso ya no existe. Ahora apenas hay agua en la ruta y además se puede tratar de un lugar muy caluroso.

‘Ahora incluso hay gente que sube El Plomo trotando son short y polera. Antes nosotros íbamos más abrigados que hijo único, porque el frío que hacía arriba era terrible. Te dolían los dedos en las mañanas. Ya no. Es triste ver estos lugares, porque es el agua que abastece a Santiago. Yo ahora vivo en Las Chilcas y cuando llegué era un lugar verde, había pasto, pero el año pasado llovió tres veces. Ahora tengo que comprar agua en camiones aljibe y recién le tomo más importancia a esto. En Santiago todavía abres la llave y listo: tienes agua. Pero eso ya no pasa en otros lugares’.

VALLE DEL OLIVARES

El retroceso de los grandes glaciares

En el valle del río Olivares se encuentra la mayor zona englaciada de la Región Metropolitana. Allí están los famosos glaciares Olivares Alfa, Beta y Gamma, además del Juncal Sur, los cuales conforman el llamado Campo de Hielo de Santiago, de donde proviene gran parte del agua que abastece a la capital. El derretimiento natural de estos da origen al río Olivares, que se junta más abajo con el río Colorado y, finalmente, abastece al río Maipo.

Según datos del Laboratorio de Glaciología (Glaciología.cl), hace unos 220 años estos glaciares formaban una sola masa de hielo de unos 110 kilómetros cuadrados, pero han experimentado un notorio retroceso y adelgazamiento, y ahora solo cubren 54 kilómetros cuadrados. Es decir, prácticamente la mitad.

En rigor, esos no son los únicos glaciares de la zona. A ambos lados del valle, decenas de otras masas de hielo caen hacia el río, provenientes de cumbres de cuatro y cinco mil metros que apenas han sido exploradas.

Uno de ellos es el glaciar Esmeralda, donde en noviembre del año pasado estuvieron los montañistas Emil Stefani, Catalina Medina, Danko Mandakovic, David Cossio y Agustín Ferrer, en una expedición que los llevó a realizar el primer ascenso del morro Los Castaños, una suerte de ‘hombro’ del cerro El Plomo por su cara noreste, al que accedieron precisamente por el cajón del Esmeralda.

‘Es impresionante pensar que al lado de la ciudad más grande del país se sigan escondiendo estos valles, de los cuales los últimos relatos son de un montañista que se metió por allí en 1924’, dice Emil Stefani sobre el personaje que inspiró esta travesía: Federico Fickensher, uno de los mejores andinistas y exploradores de la época, que en la Revista Andina de 1930 publicó el que probablemente sea el primer artículo sobre el Gran Salto del Olivares y toda esta zona.

El relato de Fickensher contenía una fotografía suya sentado a los pies del glaciar Esmeralda, que Emil Stefani y su equipo intentaron replicar (ver imagen en este artículo). La imagen, tomada por el fotógrafo David Cossio, evidencia el impresionante retroceso del hielo: la lengua de la foto de Fickensher de 1924 prácticamente desapareció, comparándola con la foto de noviembre de 2021.

‘Estamos en un período interglaciar y es normal que los glaciares se estén derritiendo’, dice Emil Stefani, que además es geólogo, ha hecho estudios de glaciares y hoy impulsa la creación de un geoparque en la cordillera del Maule, llamado Pillanmapu. ‘Pero nosotros le estamos poniendo aún mas ‘ñeque’ al derretimiento glacial y al calentamiento atmosférico con la emisión de CO2, metano y distintos gases de efectos invernadero’.

Si bien no lograron encontrar el lugar exacto desde donde Fickensher tomó la foto, Sfefani cuenta que, estando en terreno, veían que el retroceso del glaciar Esmeralda era impresionante.

‘Era muy notorio e impactante, porque además no ocurrió hace tantos años en términos de escala geológica’, dice. Luego agrega: ‘Además, todos estos glaciares son finalmente un gran pedazo de hielo que está abasteciendo al río Maipo. El agua que se toma en la ciudad viene de ahí’.

Fuente y reportaje diario el Mercurio

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