Sin Margot Hubiese existido Violeta?
Díario el Estratega/ jueves 08 de Julio/ archivos
#Cultura #Folklore #Hijailustre
Por Julio Fernando Martín.
¡Sin Margot Loyola no hubiere existido Violeta Parra!
Así es, y aunque a muchos incomoden mis palabras, la historia precisa narra y avala este serio ensayo a través de argumentos irrefutables, relacionado con la relación y amistad de dos de las mujeres más importantes de la cultura chilena de todo el siglo veinte.
Margot Loyola Palacios (Linares de Chile, 15 de septiembre de 1918), en plena adolescencia comienza a cantar por rodeos y trillas, junto a su hermana Estela, conformando el dúo de “Las hermanitas Loyola” (nacen, como tal, en 1931); parcito que muy pronto lograría el reconocimiento de sus pares, luego de ganar prestigio durante toda la década del cuarenta, reciben en 1950 el Premio “Caupolicán”: “Al mejor Conjunto Folclórico”, otorgado por la Asociación de Cronistas, Cine, Radio y Teatro; mismo año en que deciden disolverse. Ya solista, ese mismo año, Margot actúa en la película chilena “La Hechizada”, del director Alejo Álvarez.

Dentro de este contexto, la gran figura femenina del folclor de aquellos momentos, Margot Loyola, es invitada (en el año 1952) como tal a una tradicional ramada de septiembre, en el sector de Quinta Normal, organizada por la entonces Sociedad Chilena de Autores y Compositores (Sochayco), algo similar a lo que es hoy la SCD (Sociedad Chilena del Derecho de Autor), pero que en esos momentos pertenecía a la Universidad de Chile. Sentada en primera fila, como invitada estelar, Margot observa con suma atención a aquella cantora sobre el escenario, quien interpreta una hermosa tonada, ¿su nombre? Violeta Parra Sandoval (San Fabián de Alico, 4 de octubre de 1917); quien, por su parte, de temprana edad conformaba junto a su hermana Hilda, el dúo de “Las hermanitas Parra”.
Ya terminada la actuación de Violeta, ésta se acerca hacia aquella reconocida figura sentada en la platea, para conocerle y decirle que le gustaría trabajar con ella; Margot aceptaría sin inconvenientes, reuniéndose a las pocas horas en el hogar de la Loyola, ubicado en la comuna de Providencia. Una vez allí, Margot (quien había estudiado música en el Conservatorio, teniendo el piano de su abuelo para practicar), le pregunta cuántos temas tiene. “En estos momentos deben ser unas treinta canciones”, responde Violeta; luego de aquello, Margot comenzaría a transcribir en pentagrama, “a música”, temas emblemáticos en la hoy valiosa discografía de esta gran cantautora chilena: “Arréglate Juana Rosa”; “Casamiento de negros”; “El sacristán”; “Qué pena siente el alma”; “La jardinera”, o “La mañanita”, serían algunos de estos. El gran respaldo que siempre había esperado Violeta, por bares, pueblos y circos, comenzaba a dar sus frutos.
Luego de este relevante paso para la historia parriana y la música chilena, Margot lleva a Violeta a un monte mayor, que de no realizarlo, de nada serviría todo lo pasado a pentagrama hasta altas horas de la noche… había que legalizar dichos temas con el nombre de su autora. Para ello, obliga a la quien después sería su “comadre” (de una de las hijas de Violeta, Rosita Clara), a llevar dichos documentos al Derecho de autor, y registrarlos a su nombre; gesto y valor tremendo, entendiendo que de no haber realizado estos importantes y necesarios andares, muchos temas de Violeta, habrían desaparecido para siempre.
Claro que para Margot quedaba harto por hacer aún en ayuda de la autora de “Gracias a la vida”. El siguiente paso, sería llevarla, presentarla, a los diversos medios de prensa de la época, tal como lo registra la Revista Ecran del 3 de noviembre de 1953:
Margot Loyola, la conocida folclorista, acompañó a Violeta Parra hasta nuestra redacción, recomendándola fervorosamente como compositora, cantante e intérprete de la cueca campesina.
-En Violeta hay un valor que tiene que ser reconocido-nos aseguró Margot con entusiasmo-. Como “letrista” y compositora es excepcional, encuadrando sus composiciones dentro de los moldes folclóricos. Merece que le den una oportunidad…
La importancia cultural de Margot Loyola, en la vida y obra de Violeta Parra

¡Sin Margot Loyola no hubiere existido Violeta Parra!
Así es, y aunque a muchos incomoden mis palabras, la historia precisa narra y avala este serio ensayo a través de argumentos irrefutables, relacionado con la relación y amistad de dos de las mujeres más importantes de la cultura chilena de todo el siglo veinte.
Margot Loyola Palacios (Linares de Chile, 15 de septiembre de 1918), en plena adolescencia comienza a cantar por rodeos y trillas, junto a su hermana Estela, conformando el dúo de “Las hermanitas Loyola” (nacen, como tal, en 1931); parcito que muy pronto lograría el reconocimiento de sus pares, luego de ganar prestigio durante toda la década del cuarenta, reciben en 1950 el Premio “Caupolicán”: “Al mejor Conjunto Folclórico”, otorgado por la Asociación de Cronistas, Cine, Radio y Teatro; mismo año en que deciden disolverse. Ya solista, ese mismo año, Margot actúa en la película chilena “La Hechizada”, del director Alejo Álvarez.
Dentro de este contexto, la gran figura femenina del folclor de aquellos momentos, Margot Loyola, es invitada (en el año 1952) como tal a una tradicional ramada de septiembre, en el sector de Quinta Normal, organizada por la entonces Sociedad Chilena de Autores y Compositores (Sochayco), algo similar a lo que es hoy la SCD (Sociedad Chilena del Derecho de Autor), pero que en esos momentos pertenecía a la Universidad de Chile. Sentada en primera fila, como invitada estelar, Margot observa con suma atención a aquella cantora sobre el escenario, quien interpreta una hermosa tonada, ¿su nombre? Violeta Parra Sandoval (San Fabián de Alico, 4 de octubre de 1917); quien, por su parte, de temprana edad conformaba junto a su hermana Hilda, el dúo de “Las hermanitas Parra”.
Ya terminada la actuación de Violeta, ésta se acerca hacia aquella reconocida figura sentada en la platea, para conocerle y decirle que le gustaría trabajar con ella; Margot aceptaría sin inconvenientes, reuniéndose a las pocas horas en el hogar de la Loyola, ubicado en la comuna de Providencia. Una vez allí, Margot (quien había estudiado música en el Conservatorio, teniendo el piano de su abuelo para practicar), le pregunta cuántos temas tiene. “En estos momentos deben ser unas treinta canciones”, responde Violeta; luego de aquello, Margot comenzaría a transcribir en pentagrama, “a música”, temas emblemáticos en la hoy valiosa discografía de esta gran cantautora chilena: “Arréglate Juana Rosa”; “Casamiento de negros”; “El sacristán”; “Qué pena siente el alma”; “La jardinera”, o “La mañanita”, serían algunos de estos. El gran respaldo que siempre había esperado Violeta, por bares, pueblos y circos, comenzaba a dar sus frutos.
Luego de este relevante paso para la historia parriana y la música chilena, Margot lleva a Violeta a un monte mayor, que de no realizarlo, de nada serviría todo lo pasado a pentagrama hasta altas horas de la noche… había que legalizar dichos temas con el nombre de su autora. Para ello, obliga a la quien después sería su “comadre” (de una de las hijas de Violeta, Rosita Clara), a llevar dichos documentos al Derecho de autor, y registrarlos a su nombre; gesto y valor tremendo, entendiendo que de no haber realizado estos importantes y necesarios andares, muchos temas de Violeta, habrían desaparecido para siempre.
Claro que para Margot quedaba harto por hacer aún en ayuda de la autora de “Gracias a la vida”. El siguiente paso, sería llevarla, presentarla, a los diversos medios de prensa de la época, tal como lo registra la Revista Ecran del 3 de noviembre de 1953:
Margot Loyola, la conocida folclorista, acompañó a Violeta Parra hasta nuestra redacción, recomendándola fervorosamente como compositora, cantante e intérprete de la cueca campesina.
-En Violeta hay un valor que tiene que ser reconocido-nos aseguró Margot con entusiasmo-. Como “letrista” y compositora es excepcional, encuadrando sus composiciones dentro de los moldes folclóricos. Merece que le den una oportunidad…
! Y la vieran ustedes bailar la cueca!-agrega Margot- Es un baile sabroso, de campo, y a la vez personalísimo. ¡Violeta Parra tiene que lograr el éxito y la popularidad que se merece!
Otros medios, periodistas, también conocerían a la nueva “ahijada profesional” de Margot Loyola; por ejemplo, José María Palacios, quien entonces dirigía Radio Chilena (obteniendo luego Violeta, en 1954, un largo contrato en dicha emisora); dejando de lado ese típico ego tan propio de los artistas prestigiosos. De esta manera, Violeta Parra Sandoval, comenzaba a abrirse camino en la música; en la inmediatez esa de ser una cantora de circos, concursos y donde se lo propusiere, a estar sorpresivamente dando entrevistas y firmando importantes contratos (en 1953, “Las hermanitas Parra” se separan para siempre).
Margot Loyola Palacios, había descubierto a Violeta Parra Sandoval.
Por aquella misma época, Margot pertenecía al Instituto de Investigaciones musicales de la Universidad de Chile (donde enseñaba folclor, a través de las Escuelas de Temporada); presentándola también ante esta prestigiosa institución, donde Violeta solo realizaría una escuela, enseñando por primera vez a alumnos clases de cueca. Sería en esa misma casa de estudios superiores, donde a futuro, Violeta grabaría parte de su interesante repertorio.
De ahí en adelante, comenzaría a tejerse una gran amistad entre ambas. Historias, sufrimientos, iras, anécdotas, complicidades, serían parte del diario vivir de estas valiosas mujeres chilenas; quienes también pasarían “pellejerías” en París, en la soledad de sus sueños, cuidándose mutuamente de tantos que no entendían cual eran sus valiosos objetivos y pasiones.
Otro momento sublime en esta historia fascinante, es un hecho que la propia maestra Loyola, Premio Nacional de Arte 1994, evoca con cariño:
“Recuerdo que una vez, allá por la década del sesenta, a mediados (1962), con motivo de un gran Congreso de folcloristas de Latinoamérica, se realizó un tremendo espectáculo en un auditorio ubicado en la plaza Italia, acá en Santiago (Aula Magna de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile), invitándome esa vez sólo a mí a este Congreso, y no a mi comadre (ahí estaban presentes, entre otros conjuntos chilenos, el “Millaray” y el “Cuncumen”). Cuando lo supe, ahí mismo llamé a la Viole diciéndole: “Mire comadre, vengase enseguida para el teatro de la plaza Italia; no puede ser que estos hueones no la hallan invitado, esos estudiosos de Latinoamérica tienen que saber quien es Violeta Parra”.
¿Qué pasó entonces?
“Llegó po´h. La cosa es que yo tenía 15 minutos para mi actuación esa tarde, así es que canté mis dos primeras canciones, y luego digo por mi micrófono: “Bueno, aquí en Chile hay un gran valor llamado Violeta Parra que me gustaría que ustedes conocieran, así es que voy a cederle parte de mis minutos para que la escuchen”.
¿Aceptó Violeta su invitación?
“Por supuesto. Ahí Violeta sube con su guitarra, no mirando al público sino que de frente a mí, toma el micrófono y dice: “A mí no me gusta na´ entrar por la chapa de la cerradura, me gusta entrar por la puerta abierta, así es que no le voy a cantar a ninguno de estos hueones, voy a cantar pero pa´ usted comadre”; y se pone a cantar; mientras Osvaldo, mi esposo, subía al escenario para acomodarle una silla”.
¿Qué pasó con el público?
“Escuchaba asombrado; pero no acaba aquí la historia, ya que cuando termina de cantar, me toma la mano, bajando juntas del escenario ante un tremendo aplauso; claro que no para sentarnos, sino que para irnos de ese lugar, en protesta por todo lo que había pasado con nosotras, pero por sobretodo con Violeta”. Evoca con sentida emoción, la también premio “Medalla Cruz de Boyacá. En el grado de Gran Comendador”, año 1997, por su rescate e importancia del folclor de Latino-américa (Entregado en Colombia).
Una vez más habían hecho de las suyas la Loyola y la Parra; tal como en tantas jornadas en La Carpa de La Reina, última morada de Violeta, la que sería mudo testigo de la amistad y cariño por parte de ambas; lugar hasta donde llegaba Margot junto a su esposo (Osvaldo Cádiz V.) para ayudarle y acompañarle, y a pocos días de su suicidio, despedirse de su “comadre”.
He aquí la historia, en el día que recordamos el natalicio de la gran Violeta Parra; en la voz de la propia historia.
Julio Fernando San Martín.
Nota de la redacción:
Dicho relato forma parte del libro “Margot Loyola y Violeta Parra, historia de dos comadres”, del autor de este mismo ensayo cultural.