Los “Faltes”, buhonero chileno/Por María de la Luz Reyes.
El Estratega/Linares 20 de agosto
La historia de nuestro mundo rural y sus personajes, no estaría completo sin el “Falte”. Arquetipo de comerciante, se dedicaba a la venta ambulante de insumos – o “faltas”, de donde se desprende su nombre- en los barrios periféricos de los pueblos o campos y parajes, llegando incluso de traspasar las frontera nacionales, cuando la visita era a los campos de veranada que colindan con Argentina, ya fuera a pie, caballo o mular, con un catálogo bastante variado de especies. Oficio de carácter mundial, en otros lares sudamericanos recibe el nombre de buhonero, trujamán o mercachifle, fueron vastamente dibujados por el notable artista argentino Florencio Molina Campos –que profusamente retrató la vida y costumbres campesinas de ese país- de quien tomé prestada la obra “Mercachifle”, para acompañar este texto.
Uno de mis recordados comerciantes es don Juan Segundo Cáceres Cerda, el “Chico Cáceres”; de baja estatura, pañuelo al cuello y sombrero de huaso, en época estival se movilizaba a caballo; en invierno tomaba bus en Santiago, cruzaba por Los Libertadores y se venía, allende Los Andes, desde el sur de Mendoza hasta Chosmalal, Buta Ranquil o Varvarco, visitando pagos y parajes abasteciendo a personas y pulperías, llevando cosas tan variadas y apreciadas como Agua de Las Carmelitas, Mentholatum, Crema Lechuga, ropa, música ranchera, clavos y herramientas de herrar, sombreros de huaso o vestir, camisas a cuadrillé, entre otras.

Al regreso a Chile, visitaba a los arrieros que estaban en veranadas, trayendo lazos, suela tratada, yerba mate, aperos, naipes, música gaucha, revistas como la “Rosita” o “La Pampa”, mates enlozados, bombillas o pañuelos de cuello para caballeros. Así también era posible encargarle algo específico. “Juan de a pie”, nacido como Juan Leiva, caminaba enormes distancias, llevando en cargas de mular o caballo, radios, ropa, máquinas de coser manuales! Cremas, lociones, ollas, loza, perfumes, azúcar en pan, cortes de telas para dama y caballeros, pilas, herraduras, escobillas para lavar, etc. Así como ellos, varios eran los que recorrían nuestra precordillera, llevando artículos que nos parecen nimiedades. El Falte abastecía/abastece a estas personas de chucherías, menudencias, fruslerías… las mismas que en las ciudades adquirimos en el almacén de barrio o las ferias. Y no pensamos que para tantos de nuestros coterráneos actuales y pasados, esas vituallas eran/son más difíciles de transportar. La relevancia de esos personajes, en que el cochayuyero se anota como vendedor de un alimento tan antiguo como la tierra misma, es que ejercen una actividad de utilidad social /cultural, fundamental en el abastecimiento de las familias con quienes establecían una dinámica económica beneficiosa y justa en términos de valorización de las especies transadas; quienes no tenían plata en efectivo, podían pagar sus compras con animales, aves o semillas. Ambas partes se beneficiaban: los faltes vendían y ganaban dinero y los compradores satisfacían sus necesidades, pudiendo confiar en que lo requerido estaría a su disposición en su mismo terreno.
Pensemos que hasta hace solo un par de años atrás, ir a (por ejemplo) a Los Hualles, Chupallar, Rincón de Maica, El Emboque, era una acción que se programaba con varios días de antelación, planeando todos los trámites en función del horario de las micros y ajustando las compras al espacio libre de estas, tal si fuera una nave nodriza. Tanto la precordillera como los territorios al otro lado de la carretera, parecían tan lejanos! Siquiera Llancanao, con su camino lleno de piedras que hacían tiritar los ojos, era un destino aventurero. El ordenamiento y claridad en los requerimientos domésticos era vital y ese tipo de comercio bien pudo ser analizado por Max Neef, como un ejemplo que se adecua a sus tesis de economía a escala humana.
Podríamos los citadinos pensar que estos comerciantes se han extinguido, pero no es así. Solo cambiaron la forma y no el espíritu de la acción. En la actualidad se movilizan en camionetas, autos, camiones ¾, perifoneando no solo los enseres mencionados, sino ofertando verduras, mercaderías perecibles y no perecibles, artículos de ferretería e incluso algo de línea blanca, abasteciendo a los habitantes de lo rural. Hoy disfrutamos en nuestra provincia de una alta conectividad, con caminos asfaltados y estabilizados que permiten no solo el tránsito de vehículos particulares, sino de locomoción colectiva cómoda y amplia que llega, incluso, a los puntos más lejanos, casi diariamente, en dos horarios.
Todo nos parece novedoso en este nuevo siglo, empero aventuro a creer que ya ha sido visto en algún momento. Deberíamos observar a este personaje, valorizar al Falte como agente colaborador del comercio agrícola nacional (y por qué no decirlo, internacional también) destacando su aporte a la cultura y difusión de lo popular, conocedores de todas las rutas y caminos, personas, pueblos y barriadas en que Chile, el Maule y Linares, se desperdiga por estas tierras que a veces, hace Falta mirar con más amor.