Misteriosas muertes dejo la construcción del túnel el melado.

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Los muertos del Melao (o el Melado), una historia que se repite Arturo Alejandro Muñoz – desde Coltauco SÓLO SE MUERE una vez, pero tarde o temprano, se muere. Ese destino humano es inevitable; nadie escapa a ello. El asunto que preocupa no es la muerte en sí misma, sino más bien el cómo se muere. O qué tan bien o mal se
ha vivido, lo que en cierto modo determina cuán desagradable es el término de la propia existencia.
Las disquisiciones anteriores pueden parecer infantiles para aquellos que
llevan una vida sin sobresaltos económicos, físicos ni espirituales; pero
quienes hubieron de soportar una larga letanía de hambrunas, malos tratos,
desesperanza y carencia de horizonte, la muerte –en cierto modo- les sabe a
descanso.
Las decenas de trabajadores asesinados en la construcción del Canal Melao
responden al aserto último. La egoísta mano de la fortuna y el manto veleidoso
de una sociedad clasista y subdesarrollada jugó siempre en su contra.
Nacieron pobres, vivieron pobres y murieron en la indefensión y el olvido, pese
a haber trabajado como verdaderos animales sin contar siquiera con derecho a
descanso. Fueron víctimas de un sistema que los expolió sin conmiseración,
un sistema proclive a considerarlos mano de obra barata y desechable. En su
época, nadie supo de sus existencias y menos aún de sus muertes. Pero el
registro histórico de lo ocurrido cobra vigencia a través de estas escasas
líneas.
A mediados de la década de 1930 los latifundistas de la actual Séptima Región
–con el apoyo del gobierno de Arturo Alessandri Palma- decidieron construir
un extenso canal que uniera las aguas del río Maule con las del
Perquilauquén. Ochenta kilómetros de longitud trazados a golpe de chuzo,
pico y pala, a mano limpia, sin maquinarias ni ingeniería. Cientos de
trabajadores fueron reclutados en los campos vecinos, y otros llegaron
voluntariamente desde provincias distantes. Todos querían obtener algunas
díscolas monedas para alimentar a los suyos. La gran crisis económica y
mundial de la década del año treinta golpeaba inmisericorde a los más
desvalidos. Cualquier ‘pega’ era buena si ella reportaba unos pocos billetes y
algo de comida. La construcción del canal Melao aseguraba, al menos, un
plato al día y la promesa de pago cada fin de mes.
Los capataces formaban cuadrillas de trabajadores en cada sector de la obra
y se responsabilizaban por la eficacia de la labor así como por el pago a los
obreros. Los ‘paleros’, ‘chuceros’ y ‘piqueros’ vivían en condiciones indignas,
hacinados en grupos de a diez bajo una burda ramada que ellos mismos

levantaban a guisa de dormitorio, en medio de la feraz naturaleza, cerca del
río y bajo lluvias inclementes. Con la primera luz diurna se iniciaban las
faenas que terminaban una hora después de que la oscuridad se adueñara del
paisaje. De lunes a domingo, sin descanso ni tregua. A chuzo, pico y pala, a
ñeque y sudor, con un corto descanso a mediodía para que aquellos que
hubiesen conseguido algún tipo de alimento pudiesen tragarlo
vertiginosamente, pues el capataz obligaba volver a la pega lo más pronto
posible. Los remolones eran ‘cortados’ de inmediato y debían hacer abandono
del campamento en menos de quince minutos. Sin pago, sin explicaciones y
rapidito, antes que una lluvia de palos y patadas le sacudieran la modorra.
Al aproximarse el día del pago comenzaba la ‘rebaja’. Misteriosamente iban a
apareciendo en medio de bosques y malezas los cuerpos de trabajadores
asesinados con un picotazo o un chuzazo en la espalda. Cada fin de mes los
muertos se contaban por docenas. Las cuadrillas raleaban, pero los capataces
se embolsaban el salario de los fallecidos y ese dinero jamás llegaba a manos
de los deudos que, muchos años después, se enteraron de la suerte corrida
por su familiar. Un pequeño porcentaje del ‘ahorro’ era redistribuido entre el
resto de los obreros, pero la parte del león quedaba siempre en manos del jefe
de las cuadrillas.
Obviamente, en algunas ocasiones el ‘rebajado’ fue uno de los capataces, pero
ello constituyó excepción a la regla. Lo que por cierto no fue óbice para que la
habitualidad siguiera constituyendo una masacre mensual de obreros, ya que
encontrar reemplazos era asunto fácil, pues la cesantía y el hambre apretaban
las almas de los chilenos desde Arica a Punta Arenas por lo que bastaba
instalar un cartel en la plaza pública de cualquier pueblo de la zona central
para agenciarse nuevos brazos y trasladarlos a la aislada zona de labores.
El canal el Melao fue finalmente construido, y los sobrevivientes regresaron a
sus pagos tratando de olvidar los luctuosos sucesos ocurridos en sus riberas.
Sabían que la clase política no se interesaría en sus demandas ni prestaría
oídos a sus relatos. Algunos viejos obreros contaron lo acaecido en esas
latitudes de montaña y valles ocultos, pero los señores parlamentarios
estaban ocupados en asuntos mayores e insinuaron que lo sucedido en el
Melao no ameritaba siquiera una alocución en el Congreso.
Francisco ‘Panchito’ Gutiérrez, viejo luchador que vivió indirectamente esas
experiencias como sobrino de uno los trabajadores, nos relató los hechos y
asegura que los muertos del Melao superan la centena. Fue él quien nos
contó la azarosa travesía efectuada por el ‘Candela’, un muchachón de veinte
años de edad que desde las alturas del Melao bajó el cadáver de su propio
padre en la grupa de un mulo para darle cristiana sepultura en un cementerio
ya olvidado. Demoró tres días en llegar hasta las cercanías de Parral. Cada
noche de las tres noches que ocupó en su travesía bajó el cuerpo de su
progenitor para colocarlo, sentado y cubierto por una manta, junto a la
improvisada fogata en la que calentaba agua para beber algo de café de higo y
mordisquear algunas moras recolectadas al azar. Finalmente, ya en Parral, hubo de abrir con propia mano una tumba y sepultar a su taita sin la
presencia de cura ni enterrador.

Los muertos del Melao nos recuerdan no sólo al viejo Chile, sino que
confirman que el nuevo Chile es producto de la sumatoria de explotaciones,
hambrunas, inquinas sociales y olvido oficial experimentado por miles y miles
de trabajadores cuyas espaldas soportaron incluso las ansias asesinas de sus
patrones ocasionales.
No sigan allí sentados, pensando que ya pasó…es Chile un país tan largo que
mil cosas pueden pasar. Y siguen ocurriendo. Pese a que en los últimos
diecisiete años el país ha contado con gobiernos autodefinidos como
socialistas. De ello, miles y miles de temporeros agrícolas podrían dar fe hoy
día.


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1 pensamiento sobre “Misteriosas muertes dejo la construcción del túnel el melado.

  1. Que triste ,q todo esto aconteció sin ninguna premisa de justicia ,pero esto sigue pasando en nuestros días ,y la clase (lacra política) sigue igual

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