De Agostini, el sacerdote que escalaba con sotana y descubrió sitios remotos en la Patagonia Chilena

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Diario el Estratega de Linares/ Sábado 16 de mayo del 2025

El padre Alberto de Agostini recorrió gran parte de la Patagonia y defendió a los pueblos originarios de la zona.

Fotógrafo, cartógrafo e incansable explorador, el padre salesiano Alberto De Agostini desembarcó en Punta Arenas, Patagonia chilena, en 1910. Allí se asentó y vvió cerca de cincuenta años. Recorrió gran parte de la Patagonia, fue un férrero defensor de los pueblos originarios de la zona, se convirtió en el el primer cartógrafo de la región y dejó su legado impreso en guías de viaje, crónicas e impresionantes fotografías.
La primera vez que oí hablar del padre Alberto María de Agostini fue durante un largo viaje en un crucero de expedición, que me llevaría desde Ushuaia hasta los confines de la Patagonia austral, navegando las bravías aguas del estrecho de Magallanes entre picos de hielos eternos, glaciares milenarios y bahías indómitas. Durante aquel viaje, mientras navegábamos alucinados por paisajes de belleza desmedida, escuché hablar una y otra vez del naturalista inglés Charles Darwin y también, por supuesto, del Perito Moreno. Pero rara vez del padre de Agostini. Su nombre sonó por primera vez cuando desembarcamos en una bahía solitaria y la guía señaló un pico, aún más solitario, que había sido escalado por el sacerdote. Pero quién era ese hombre que a principios de siglo había logrado hacer cumbre en aquella montaña desierta y helada?
Poco después, pude ver sus fotos y buena parte de su obra en el Museo Salesiano Maggiorino Borgatello de Punta Arenas. El guía mencionó su nombre, el de este cura intrépido y explorador, montañista, etnólogo, geógrafo y fotógrafo de avanzada.
Volví a escuchar sobre sus andanzas años después, mientras navegaba por el lago Argentino, en el Parque Nacional los Glaciares, en las inmediaciones de El Calafate, para avistar los glaciares Viedma y Spegazzini. El padre también había surcado estas aguas.
De Italia a Tierra del Fuego
Alberto María de Agostini nació el 2 de noviembre de 1883 en Pollone, un pequeño pueblo de la región de Piamonte, norte de Italia, al pie de los Alpes, rodeado de un entorno natural montañoso que lo marcaría para el resto de sus días. De este origen podemos rastrear su amor por las montañas y la naturaleza. Nació en el seno de una familia de cartógrafos, que también se dedicaba a la edición y venta de libros, y de esta herencia cabe intuir su vocación por la investigación, su curiosidad infinita y hasta su pasión por la fotografía. Influenciado por San Juan Bosco, o Don Bosco, el fundador de la Orden Salesiana, se unió a la iglesia en 1909. Así recalaría, enviado por la misión salesiana un año después, a los 26 años, en Punta Arenas, la ciudad más austral de la Patagonia chilena, donde adquiere el amor a la montaña y se especializa en el oficio de escalador y en el arte de la fotografía.
Relato de una vida fuera de lo común
En «Monseñor Patagonia», Sopeña destaca la obra del sacerdote De Agostini
28 de noviembre de 2001
«¿Quieren ver a Dios, saber su misterio infinito? Miren la naturaleza, la geografía, las cumbres nevadas: allí está todo.»
En tiempos en que los vientos de la humanidad se bambolean entre la pobreza espiritual y el fundamentalismo religioso, las palabras del sacerdote salesiano Alberto María De Agostini son acaso tan valiosas como las del baquiano que rescatan al explorador inexperto de la oscuridad de los montes.
De Agostini (1883-1960), un italiano que amó, admiró y exploró durante medio siglo las extensiones del sur argentino hasta los confines de sus cumbres inmaculadas, como los tremendos 3700 metros del monte San Lorenzo, bien puede ser considerado el padre del excursionismo patagónico austral.
Difusor infatigable de las riquezas de la región, sus vivencias y observaciones han quedado documentadas en numerosas fotografías, filmaciones y libros, como «Mis viajes a la cordillera patagónica meridional» (1932), «El cerro Lanín y sus alrededores» (1941) y «La naturaleza en la Tierra del Fuego» (1960).
En sus obras se ocupa de la flora, la fauna, los bosques, el andinismo y las excursiones marítimas a los canales, así como de la historia y la topografía patagónica. Varios accidentes geográficos, además, fueron descubiertos y bautizados por él.
«¿Quieren ver a Dios? Miren la naturaleza que allí está todo», predicaba De Agostini.
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Pero es Germán Sopeña, en su obra póstuma «Monseñor Patagonia» (Ediciones El Elefante Blanco), quien rescata esas palabras de la inexorable desaparición de las cosas.

Símbolo de los ideales

«Estoy llegando a Pollone, el pueblo natal de De Agostini, a escasos seis kilómetros de Biella y a unos 40 de Turín, rumbo a la montaña. Y ahora comprendo de inmediato la atracción instintiva de los italianos de los Alpes por la Patagonia», apunta, en su libro, Sopeña.
Para él, «la Patagonia era tal vez un espléndido símbolo de sus altos ideales, de sus íntimos desvelos, de sus más caros sueños». Así reflexionaba Bartolomé de Vedia en las páginas de LA NACION cuando la muerte irrumpió en el camino de aquel excepcional periodista que se dirigía a la región blanca.
Por ello, sólo un espíritu como el de Sopeña, pasajero fiel de todas las nubes sureñas, se lanzaría a la distancia tras los rastros y tras los rostros que conocieron al incesante De Agostini.
Desde Pollone, aquel pueblito alpino, hasta la estancia del marino danés Andreas Madsen, al pie del Fitz Roy; desde el colegio Don Bosco de Buenos Aires hasta el museo de Punta Arenas, en Chile, donde se guardan los elementos de campaña del padre salesiano.
Y fue en el metal, en una placa grabada, donde Sopeña encontró la síntesis más acertada sobre la vida y las pasiones de ese otro enamorado de «la tierra del viento», como él mismo la llamaba: «Se levanta aquí la casa natal del misionero salesiano Alberto De Agostini, apóstol de caridad entre las tribus indígenas, explorador de la Patagonia y de la Tierra del Fuego».

Fuera de lo común

«Decididamente, no era un sacerdote común. Si hubiera vivido en esta época, quizás hubiera sido un millonario productor del Discovery Channel», conjetura Sopeña, con la agilidad de su prosa sucinta, tras haber atestiguado la extraordinaria biblioteca gráfica sobre la Patagonia captada por De Agostini.
Sopeña observa, pregunta, lee, toma nota. Cuenta en el libro que todos los documentos fotográficos y fílmicos, virtualmente únicos hasta entonces, y que muy pocos -y a veces nadie- lograron repetir después, son aún hoy, impresionantes.
Relata que De Agostini era un humanista que «no se limitaba sólo a la educación o al descubrimiento, sino que también se interesaba por el desarrollo de la Patagonia» y «sobre cómo elevar la vida material y espiritual de los pobladores de esas zonas tan lejanas y tan aisladas».
Sopeña habla en el libro de lo mucho que le gustaba la música al sacerdote salesiano, quien solía repetir: «Qué lástima, los tangos más lindos siempre son los profanos».
Y revela que el padre De Agostini no quiso dejar todos sus archivos, fotos y películas en poder de la orden (salesiana) sino que se los dejó como herencia a su amigo, el padre Marco Boniovanni, jefe de Prensa de los salesianos en Roma por aquel tiempo. Y que en esa entrega, entre las líneas de la carta de despedida, se destacaba una frase muy sugestiva: «Para quien sepa aprovecharlo».
Acaso éste sea el mensaje más profundo que nos quiere dejar Germán Sopeña por medio de su libro, presentado ayer en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), frente a una multitud congregada, a unos 3496 kilómetros del monte Olivia, en Ushuaia, la primera gran cumbre alcanzada por De Agostini.
Una de las tareas más complejas de la misión, a la que se abocó junto a otros sacerdotes de su orden, entre los que se encontraba Monseñor Fagnano, fue la de resguardar a las comunidades nativas de la región: yámanas, onas, selk’nam y alacalufes, subyugados y esclavizados por los terratenientes europeos. Aquellos a los que no lograban esclavizar eran perseguidos hasta la muerte, desplazados de sus territorios. Así fueron diezmados, cuasi exterminados en atroces cacerías y contagiados de las pestes que traían los colonos del viejo continente. Los misioneros de la orden salesiana intentaron protegerlos agrupándolos en misiones, ante la férrea oposición de los europeos, los hombres blancos que veían en los nativos un puñado de salvajes.
Montañista y etnógrafo
De Agostini, además de férreo defensor y protector de aquellos pobladores diezmados por el avasallamiento del hombre blanco, documentó sus vidas en valiosísimas fotografías. Pero las misiones y su vocación religiosa no fueron su única ocupación y preocupación. Fue además un apasionado explorador y alpinista, un gran fotógrafo, documentalista, geógrafo, etnógrafo y antropólogo que dedicó su vida a la investigación y documentación de sitios recónditos de una región ya de por sí recóndita. Recorrió como pocos Tierra del Fuego, un sitio que aún hoy desvela a viajeros del mundo entero. El sacerdote dedicó gran parte de su vida a explorar las tierras magallánicas. Desde la cordillera Darwin a los grupos del Balmaceda y el Paine, cerca de Puerto Natales, parajes que lo deslumbraron. «El lugar es de los más salvajes y grandiosos –escribió–. Selvas, lagos, ríos, cascadas, constituyen el pedestal de este fantástico castillo torreado, con murallones gigantescos, acorazado de hielos, sobrepasado por agujas de terrible aspecto que tanta seducción ofrecen al denuedo de los montañistas…»
Cincuenta años pasó transitando los senderos de una Patagonia en aquellos tiempos ultraindómita, años en los que trajinó incansable y documentó absolutamente todo. Su legado impresiona: dejó una veintena de libros con sus diarios y guías de viaje (Guía Turística de Magallanes y Canales Fueguinos, Guía Turística de los Lagos Argentinos y Tierra del Fuego), crónicas varias, artículos y ensayos en diarios y revistas en Italia, la Argentina y Chile. También la película Tierras Magallánicas.
Descubrió fiordos, montañas y zonas inhóspitas de Tierra del Fuego; bautizó cerros y glaciares. Fue un visionario.
Siempre acompañado de gauchos, baquianos, guías locales, escalaba con sotana y su boina negra, y cargaba sus cámaras fotográficas, que en aquellos tiempos eran armatostes bien pesados.
Las travesías del cura
En sus primeras expediciones a Tierra del Fuego, entre 1913 y 1914, ascendió el Monte Olivia, en Ushuaia. En esa ocasión, intentó también escalar el Monte Sarmiento (2404 metros), un sueño de juventud, aunque no lo lograría. Entre 1914 y 1915 exploró la Cordillera Darwin, desconocida en gran parte hasta aquel momento, y en la Sierra Alvear, sobre el lago Fagnano, escaló el Monte Carbajal, mientras en la Darwin intentó ascender al Monte Italia y logró hacer cumbre en Belvedere. Entre 1916 y 1917 exploró los grupos del Balmaceda y del Paine, un sitio que relevó para definir la orografía. En 1929, el sacerdote emprendió viaje hacia el extremo de un territorio aún desconocido de la cadena: la cuenca terminal del Paine, y realizó una travesía por la Sierra de Los Baguales, un macizo que separa el Paine del Lago Argentino. Entre 1930 y 1932 anduvo por los fiordos Mayo y Spegazzini. Su objetivo era siempre el mismo: alcanzar una cima, no solo por ego alpinista, sino para que ese punto panorámico le fuera útil en sus relevamientos. En aquella ocasión, acompañado de los guías Croux y Bron y el doctor Egidio Feruglio, logró escalar los 2430 metros hasta la cima del Monte Mayo, desde donde tuvo una panorámica del fiordo y las tierras lejanas al mar, una visión privilegiada, completa, de todo el territorio en derredor.
Agostini lo describió así: «Un panorama estupendo, indescriptible por la profunda vastedad del horizonte y por la sublime grandiosidad de los centenares de cumbres… son las primeras miradas humanas que contemplan estas soledades de hielo entre arrebatos de alegría y atónito recogimiento… La mirada se dirige ávida a través de aquella inmensa extensión de nieves, de hielo y de cumbres, que la cristalina transparencia de la atmósfera y la fulgurante luz del sol tornan aún más nítida, y procuro escrutar sus secretos». Con estos mismos compañeros emprendería, poco después, la travesía del Hielo Continental y la Cordillera Patagónica Austral.
Siempre en busca de nuevos horizontes, entre 1932 y1935 se fue una y otra vez al cerro Fitz Roy, provincia de Santa Cruz, uno de los macizos más complejos para escalar de la región. Buena parte del año 37 lo pasó en la zona del lago San Martín, donde escaló el Monte Milanesio, un punto panorámico donde se avistan los glaciares O’Higgins y Chico, sobre el brazo sur del lago. En 1942 llegó al lago Colonia, al pie del hielo norte, y en 1943, a los sesenta años, alcanzó su cima como alpinista: escaló el Cerro San Lorenzo (3706 metros), en el límite de la Argentina y Chile, a la altura de Santa Cruz, un broche de oro para su carrera de montañista.
A cualquiera que ande viajando, escalando, o deambulando por los senderos y cumbres patagónicas, abrigado hasta la médula con ropa técnica le costará imaginar a este hombre transitando esos mismos parajes, aún más desérticos, solitarios, inexplorados, vestido con sotana y boina, cargando su cámara de fotos para documentar todo de manera magistral, como lo hizo durante aquellos intensos cincuenta años.
En Argentina, donde su trabajo no es tan reconocido como en Chile, se hizo una muestra con sus fotografías en el Centro Cultural Borges en 2005. El periodista Germán Sopeña, que fue secretario general de Redacción de La Nación, estaba escribiendo un libro, sobre su vida cuando falleció en abril de 2001, al estrellarse el avión Cessna en el que viajaba a la Patagonia. El libro, Monseñor Patagonia, fue editado póstumamente.
El padre De Agostini murió el 25 de diciembre 1960 en la Casa Matriz de los Salesianos de Turín. Su legado sigue vivo y es un faro para los aventureros, fotógrafos y exploradores vernáculos, sobre todo aquellos desvelados por los paisajes indómitos de la Patagonia, mucho menos indómita hoy gracias al trabajo del sacerdote extremo.

Por : Victor Hugo Cip – El Chaltén Club de Amigos

  • Nestor Mendez
    Caso a mis abuelos en Punta bandera y bautizo a mi mamá y mi tía , año 1944 estaban poblados desde 1934 en el ameghino

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