Cementerio San José de Linares donde descansan los forjadores de nuestra ciudad

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Diario el Estratega/ Lunes 26 de septiembre del 2022/ Escrito por Manuel Quevedo Mendez en Diario el Heraldo

 Opinión 

Cementerio Parroquial San José de Linares -A la memoria de quienes yacen olvidados por la ingratitud-

Sobre el antiguo camino de Panimávida, al lado del fundo “Bellavista” de Pablo Laborié, a 17 cuadras de la Plaza y 14 de la Estación; para llegar a él es preciso seguir la Avda. Nacimiento hasta Arturo Prat, avanzar media cuadra al norte, una al oriente, otra al norte; finalmente, cien metros a la cordillera, se llega al cementerio parroquial, San José de Linares.
Desde la entrada, una avenida que va hacia el norte y ofrece por el poniente varios mausoleos; se inician con el de José M. Urrutia Carvajal; y por el oriente el de Juan Cruz Benítez. Destacan los de Urrutia, Del Campo y Benítez, que son más suntuosos. En torno al Calvario, los de las familias Palacios, Encina Villalobos y otros.


De los nichos antiguos, existen tres cuerpos: uno al término de la avenida central, después del Calvario; situado en sentido de sur a norte con frente al oriente. El segundo, del ángulo suroeste, sigue al poniente de la Morgue y continúa al norte; el tercero, al suroriente del primer cuerpo, vecino a la tumba adornada con una copia de la escultura de Blanca Merino que está en su mausoleo del Cementerio General de Santiago y La Serena.
Próximo a la puerta principal, al poniente, se levantó poco después de 1915 otro con frente al sur y al norte; vecino a éste, un poco al noroeste, está el mausoleo de la Sociedad de La Unión, frente al cual está el de la Sociedad de San José, y después el del Cuerpo de Bomberos, iniciado en julio de 1935. De más reciente construcción son los que siguen al oriente de la entrada, y los que existen en la parte noroeste y que forman una escuadra con la muralla que dividía el que se conocía con el nombre de Cementerio de los pobres para distinguirlos del dedicado a los ricos. La muralla fue sustituida por una hilera de plátanos orientales.
Después que se construyeron las bóvedas de la avenida central, nadie ha levantado otras “nuevas”, a excepción de alguna persona y algunas corporaciones como los Bomberos, Suboficiales, Socios de La Unión.
Los restos del querido y respetado profesor del Liceo, antorcha de sus alumnos y adorno de la sociedad, Francisco J. Toro, ocupa el nicho 209 de la “Sociedad de San José” y en sus inmediaciones están los de su colega Carlos Pincheira y Toro que como él tuvo la suerte de acumular en vida una cuantiosa fortuna.
Otro tanto ocurre con los venerados despojos de centenares de personas que tuvieron situación expectable en el pasado, como Juan E. Cuéllar, Francisco S. Montesinos, Lázaro Villa, Francisco Ibáñez, Juan del Campo, Casanueva, Rogelio Cuéllar, Delfín del Valle, y muchos que ocupan nichos cuyo reconocimiento resulta difícil por el abandono en que se les mantiene. En general, las tumbas grandes o pequeñas, sencillas o suntuosas, están descuidadas.
La creación de este recinto de paz y de silencio se remonta al último tercio del siglo pasado. Cuando el viejo Panteón de la calle Yungay se hizo estrecho, surgió la idea de trasladarlo a los terrenos que el Municipio poseía en las afueras de la ciudad y así fue como se ubicó en el sitio actual que entonces se encontraba totalmente aislado del pueblo.
La estrecha unión entre el municipio y la curia determinó su entrega a la vigilancia y administración de la parroquia, puesto que ésta desde antes de 1885 se entendía con los certificados de defunciones. Por tal razón, desde sus inicios el Cementerio tuvo carácter eclesiástico. Los fondos de edificación y terrenos eran municipales.
La casa de amplio corredor que da al camino de Panimávida y las murallas divisorias fueron construidas bajo la vigilancia de Juan A. Alvarado, uno de los primeros maestros en su ramo que tuvo Linares. En su ancianidad recordaba que semanalmente recibía del municipio los dineros para el pago de los salarios de sus obreros. Entregado a la administración de la curia, no se creó un ítem en el presupuesto anual para su conservación y mantenimiento. Desde su creación estuvo en el más completo desamparo, debido a las escasas entradas percibidas por sepultación.
El Intendente David Hermosilla y el alcalde Juan P. Rojas habían acordado exigirle al obispo León Prado que entregara el Cementerio a la Junta de Beneficencia, de acuerdo al decreto ley de años anteriores. Todo estaba listo para ejecutar esta aspiración, mas quiso la mala suerte de los habitantes que el señor Hermosilla fuese trasladado en abril a la Intendencia de Valparaíso, y dos meses después dejaba la Alcaldía el señor Rojas.
Las gestiones realizadas no pudieron concretarse por haber llegado autoridades que no deseaban tratar este asunto. Tampoco se obtiene una solución satisfactoria en 1935, no obstante que el 2 de junio, la Municipalidad acordó pedirle al Gobierno -de una vez por todas- que pasara el establecimiento a la Dirección de Sanidad.
Después de lo que en 1892 exigía Luis T. Fiegehen -con la autoridad de su palabra-, lo único que se consiguió fue la plantación de una serie de eucaliptos en el espacio donde no había tumbas de albañilería; estos árboles durante su desarrollo fueron adorno y un medio de purificación ambiental, pero pasados los 30 años perdieron su belleza y fueron un peligro, por tal motivo debieron ser arrancados en 1930.
Al corredor de entrada se le dio aspecto ojival que contrasta con el estilo del edificio. La avenida central fue embaldosada hasta el Calvario; dándole el nombre de León Prado, cuyos restos reposan en sarcófago de mármol en la iglesia parroquial; la avenida contigua a la entrada, perpendicular a la anterior, se designó como Delfín del Valle en evidente demostración de reconocimiento.
Pocas son, sin embargo, las personas que han merecido el honor de un homenaje público después de su muerte. Existe un recuerdo de la romería a la tumba de Francisco Toro, el 6 de agosto de 1911; la de ex-alumnos y Sociedad Linarense de Historia y Geografía el 23 de mayo de 1925 en memoria de los ex¬ profesores del Liceo; y el 1° de noviembre de 1941, en recuerdo de los socios fallecidos de la institución citada; romería que con un solemne oficio religioso celebrado por el capellán Abarzúa, a quien sirvió de acólito el ex-relator de la Corte Suprema, Luis Manuel Rodríguez.
Bernardino Abarzúa pronunció una sentida oración fúnebre recordando con frases emocionadas a cuantos habían prestado generoso apoyo a la corporación linarense; cuyas cenizas descansaban en el silencio de una tumba.
La abundancia de pasto era tal por los años 1902-1903, que un español, solía entrar de noche con permiso del “panteonero”, a quien le explicaba la manda de ir -un día a la semana- a rezarle a un deudo al pie de la tumba.
La verdad era que Mañito, mascullando frases latinas, traspasaba los umbrales de la puerta y, buscando el pasto, llenaba dos o tres sacos para su bestia, que lo aguardaba al otro lado de la muralla. Comprobado en sepulturas temporales, con despojos llevados a la fosa común, sin posibilidad de precisar el lugar exacto en que se encuentran los restos de alguna persona fallecida en 1855 ó en 1915.
Son infinitos los casos de antiguos vecinos de las márgenes del Loncomilla o del Achibueno que en un día 1 de noviembre se arrodillaron ante una tumba extraña, porque su recuerdo les decía que allí había sido enterrado su padre, abuelo o hermano. Sin embargo, de ellos no hallaron ni la más leve huella.
En medio de tanto abandono y frente a las ruinas de antiquísimas sepulturas, ha habido grandes masas de gente para despedir a quienes se han adelantado en el largo camino del más allá. (Bibliografía: Las calles de Linares. Julio Chacón del Campo. 1950)

Manuel Quevedo Méndez

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